
He sabido alcanzar el vacío en la cumbre más alta de la vida, allí donde no queda nadie, ni las gotas de oxigeno son capaces de rozar tu boca y entrar por los poros de tu piel. Saber estar rodeada de gente y sentirse sola, es una gran capacidad que tiene la vida, esa que a veces te regala cuando menos lo necesitas o simplemente, cuando paras el tiempo, observas el momento y ves que nadie de los que te rodean te comprenderán solo una vez en esta vida. También supe alcanzar el cielo, mientras rozabas mi cuerpo, mientras tus manos se deslizaban por mi espalda, lentamente y todos y cada uno de los centímetros de mi piel se estremecían, sentía que nada podía ser más perfecto, que a tu lado la perfección existía. Luego, supe tocar el fondo de cualquier océano, profundidades inigualables, allí donde el oxígeno tampoco llega, donde solo el agua te acaricia, donde ni los peces más raros se pasean, allí donde no queda nada ni nadie, solo oscuridad. He de reconocer que también caí en un pozo, de esos que no tienen salida, de esos que no existe ni el eco, en donde no salen las lágrimas para llorar, ni eres capaz de escuchar tus pensamientos, solo sientes el frío adentrándose en tu cuerpo y esas ganas invisibles de gritar que nada las calma. Sí, estuve en lo más alto y en lo más bajo que tiene la vida, ya que de rachas se vale ésta. Saber alcanzar todo lo logrado es cosa de sabios y ni ellos lo logran siempre, porque todo lo que se quiere, nunca se tiene. Cada paso que des para acercarte a tu destino, más kilómetros te pondrá la vida para no llegar, pero eso sí, cuando dejes de andar y pienses que todo esté perdido, date la vuelta y mira atrás, el camino que has dejado a tu espalda es demasiado largo y costoso como para pararse ahora y no llegar a la meta final que pone la vida.
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