Me escapé de la fábrica de vagos despacito porque me cansaba. Desde entonces me ubico al final del infinito para que casi nadie me encuentre.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Llorar no siempre es de tristeza.
A veces me gusta esconderme en un mundo lejano, imaginar que todo va bien, que no hay fallos, ni malas pisadas. Que todos los días sale el sol y tiñe la ciudad de mil colores, que la lluvia no son gotas de agua que mojan, si no besos que acarician la piel. Y me gusta pensar que todo marcha sobre ruedas, que no hay contra tiempos y que no tengo que aprender a bailar bajo la lluvia. Pero hasta en los sueños siempre tiene que haber algo que lo estropee, que te haga abrir los ojos y darte cuenta que existen los días grises, las lágrimas en la almohada, las caras tristes y los besos sin sentido. Que caer a un pozo profundo está a la orden del día y que hay veces que la cuerda para salir, te hace sangrar demasiado las manos. Que luchar muchas veces cansa, y que rendirse puede llegar a ser un escudo de protección contra el miedo. Que no todos estamos hechos de hierro y que a veces rectificar no es de sabios, como tampoco se puede aprender nada de los errores y no siempre al tropezar le sigue el levantarse. Y sí, a veces sonreímos al mundo solo para que él nos vuelva a sonreír.
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